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DOE Run arroja al aire 31 veces más plomo en el Perú que en los Estados Unidos


Testimonio de cómo Doe Run contamino por décadas a todo un pueblo en E.E.U.U.

Leslie Warden había estado en un avión solo una vez antes de viajar al Perú en abril del 2003. Ella no hablaba español, no tenía una educación universitaria y mucho menos un grado en toxicología. Aún así, allí estaba ella, declarando en el imponente Palacio Legislativo de Lima, en una sala de audiencias llena de legisladores y sus asistentes, de representantes de las agencias de salud y minería del gobierno, de reporteros y cámaras de televisión. Ella había venido a hablar acerca de la Doe Run Co., una de las más grandes productoras mundiales de plomo, la misma que tiene una fundición en su pueblo natal de Herculaneum, Missouri. La empresa en esta oportunidad se encontraba enfrentando una investigación por la fundición que tiene en La Oroya, un pueblo ubicado en las alturas de los Andes donde virtualmente todos los niños sufren de envenenamiento por plomo. El Congreso peruano estaba considerando la posibilidad de declararla una zona de emergencia.

La voz de Warden vibraba conforme se dirigía al público, pero su sola presencia hizo que los ejecutivos de Doe Run presentes en la sala sacaran sus celulares y comenzaran a discarlos desesperadamente. "He llegado hasta aquí", señaló, "para compartir algo que Herculaneum ha aprendido y experimentado a lo largo de los últimos años... Nuestros niños no deben continuar siendo el precio que el mundo pague por el plomo". Tanto en Missouri como en el Perú, Warden y otros testigos declararon, Doe Run ha contaminado comunidades a la par que se escondía detrás de una cortina de desmentidos y desinformación, dejando a los padres de familia sin conocer el riesgo que representa para sus niños el polvo que cubre sus casas, patios y calles.

La historia de estos dos pueblos y la forma en que entraron en contacto ilustra un patrón cada vez más frecuente: una empresa enfrentada a una creciente presión del público y a costos medioambientales en los Estados Unidos extiende sus sucias operaciones al exterior, donde las regulaciones son laxas, la mano de obra es barata y los recursos naturales abundantes –y donde la empobrecida población se vuelve dependiente de los puestos de trabajo y de la caridad de las propias empresas que les causan daño-.

Al igual que muchas personas de Herculaneum, un pueblo de 2,800 personas junto al río Mississippi a 30 millas al sur de Saint Louis, Leslie Warden y su esposo, Jack, desconocían exactamente lo que emanaba de las chimeneas de 167 metros ubicadas a medio kilómetro de su hogar. Mientras fueron enamorados en la secundaria, en 1988 habían comprado una propiedad para remodelar. Jack trabajó como carpintero sindicalizado, mientras que Leslie era contadora y secretaria. Muchos de sus vecinos tenían puestos de trabajo en la fundición de Doe Run, empresa que emplea a más de 240 trabajadores y produce hasta 250,000 toneladas de plomo al año. En ciertos casos los humos de la planta hacen difícil ver a través de la calle. "Mi esposa lava la ropa y la cuelga en el cordel, y la tiene que lavar nuevamente porque se cubre del hollín de la chimenea", recuerda Jerry Martin, un ex alcalde. Ocasionalmente, alguien de la empresa pasaría para hacer pruebas del agua del caño u ofrecer gratis semilla de césped para llenar los espacios vacíos de los jardines de los vecinos. Cuando una nube de humo se desplazó desde la planta y corroyó la pintura de los carros, la empresa pagó por la reparación de las carrocerías.

En 1997, una nube malogró el flamante Mustang de Leslie Warden, y en esta oportunidad Doe Run se negó a arreglarlo. Si las emanaciones de la planta pueden malograr mi carro, pensó ella, ¿que podrá suceder con los pulmones de mi hijo de 13 años? ¿Su trastorno por déficit de atención podría estar relacionado con la contaminación de la fundición? Comenzó a comunicarse con el departamento de salud pública y medio ambiente, a buscar información acerca de los sedimentos grises y pegajosos de su escritorio, sobre los camiones que retumbaban por el pueblo y el olor astringente.


Herculaneum ha estado contaminado durante décadas, pero el sentimiento público frente a Doe Run comenzó a exacerbarse a principios de los años 1990, luego de una desagradable disputa laboral. Las emisiones de la fundición repetidas veces violaron las normas de contaminación del aire, y muchos niños presentaron altos niveles de plomo en sangre en las pruebas. Algunos vecinos se sumaron a una demanda por daños personales contra la empresa, en lo que se convertiría en el inicio de una avalancha de demandas contra ella. Luego de que el Servicio de Peces y Fauna Silvestre encontró altos niveles de plomo en los peces, los ratones, los sapos y las aves de las cercanías de Herculaneum, la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) y el Departamento de Recursos Naturales de Missouri emitieron una orden en el año 2000 exigiéndole a Doe Run la instalación de nuevos controles de contaminación y la limpieza de los patios de las casas que presentaban niveles de plomo por encima de los estándares de la EPA. Si las emisiones de la fundición no se adecuaban a las normas, la empresa sería forzada a limitar su capacidad de producción al 20 por ciento.

Esta fue la exigencia de cumplimiento más dura jamás tomada en contra de Doe Run, pero la familia Warden se mantenía escéptica. Su hijo adolescente había pasado la edad en la que los niños son más vulnerables al envenenamiento por plomo, pero a sus pequeños sobrinos, una niña y un varón, se les había diagnosticado niveles altos de plomo en sangre. Leslie Warden continuaba examinando minuciosamente informes, asistiendo a reuniones públicas, y consultando con grupos de ambientalistas.

Finalmente, una noche de agosto del 2001, Jack Warden acorraló a Dave Mosby, un funcionario estatal encargado del medioambiente. Warden le insistió a Mosby que tomara muestras del polvo negro acumulado en las calles por donde transitaban los camiones de Doe Run para transportar el plomo a la fundición. Durante mucho tiempo la familia Warden había sospechado que el polvo sería una prueba "candente".

"Era cerca de medianoche," recuerda Mosby. "Sin embargo incluso desde el poste de luz, yo podía decir que él iba a tener un verdadero caso, porque uno podía ver el lustre metálico del polvo sobre la calle". Cuando varios días después Mosby recibió los resultados, se quedó asombrado de saber que 30 por ciento del polvo era plomo puro. "Supimos que teníamos una situación de emergencia," señala él. El departamento de salud del estado declaró que la contaminación de plomo de Herculaneum era una "inminente y considerable situación peligrosa" y colocó carteles advirtiendo a los padres de familia que no dejaran jugar a sus hijos en las calles.

En febrero del 2002, los funcionarios de salud del estado publicaron un estudio mostrando que el 56 por ciento de los niños que vivían a una distancia de medio kilómetro de la fundición tenían niveles altos de plomo en sangre. En un acuerdo con el estado, Doe Run ofreció comprar 160 casas ubicadas dentro del perímetro de tres octavos de milla de la fundición. Las reubicaciones le significaron a la empresa más de US$10 millones, además de los millones que gastó en la limpieza.


En 1997, cuando el ambiente en Herculaneum era crecientemente tenso, Renco adquirió una fundición en el Perú. En el 2005 la nueva instalación estaba generando casi cuatro veces más ingresos que la fundición de Missouri y arrojando al aire 31 veces más plomo como ella.

"Doe Run tuvo que gastar millones de dólares en Herculaneum para limpiar la suciedad que había creado", señala Anna Cederstav, una científica ambientalista del estudio de abogados Earthjustice quien ha coescrito un libro sobre La Oroya. "Si pueden irse al extranjero y ganar plata rápida en lugares donde no son muy controlados, y enviar esas ganancias a casa para pagar sus cuentas en los Estados Unidos, definitivamente lo harán".


Cuatro años después de que Doe Run aceptó la compra a sus vecinos en Herculaneum, las casas de madera de los alrededores de la fundición comenzaron a venirse abajo, los lotes vacíos daban a las calles la apariencia de una boca desdentada. Incluso después de la orden de limpieza de la EPA, Doe Run está teniendo problemas para cumplir con las normas del gobierno federal sobre contaminación del aire. Las partículas todavía caen persistentemente de las pilas de la fundición y se derraman de los camiones que retumban a través del pueblo. Según el estado, los patios ubicados a tres cuartos de milla de la fundición, que Doe Run pagó para que levantaran y llenó con tierra limpia hace unos años, posiblemente dentro de cuatro años estén nuevamente contaminados

En el 2004, Leslie y Jack Warden aceptaron la oferta de Doe Run de US$113,000 por la compra de su casa y gastos de mudanza. Ahora ellos viven varias millas fuera del pueblo en una casa que da al bosque. Su hijo, ahora de 22 años, casi ha completado un curso de dos años en una universidad de la comunidad. El es uno de los más de 100 demandantes que están esperando el día en que comparecerán contra Doe Run.

Leslie Warden todos los días piensa en los niños de La Oroya. "Yo fui una de las personas afortunadas", señala. "Fui capaz de levantarme y pelear y salir adelante. No tuve que preocuparme porque iba a perder mi puesto o algo así. Pero allá hay gente que no tiene esta alternativa".


* Tomado de la Revista Mother Jones, San Francisco, California, EE.UU.
Edición de noviembre/diciembre 2006

1 comentario:

Claudia Vega dijo...

Ese mismo sistema de justicia se debería emplear en nuestro país , deberían de trasladar a toda la población de la Oroya y Doe run tendría que pagar a cada una de las familias afectadas.